
Japón | 1966 | 72 | Drama | Pendiente calificación por edades | V.O.S.E.
Dirección: Kôji Wakamatsu
Sinopsis: Un hombre mantiene atada a su novia adolescente en un apartamento para torturarla sin piedad. Ella está desnuda, atada por toda una serie de cuerdas, mientras su secuestrador le lava el pelo, la maquilla y proyecta en ella sus miedos. Mientras, la mujer planea escapar y llevar a cabo su venganza.
En palabras de Angélica Liddell
«Para mí, la violencia, el cuerpo y el sexo son una parte fundamental de la vida», aseguraba Wakamatsu. Podría decirlo yo misma. A Wakamatsu lo descubrí tarde, en 2013. Todo lo que encontré a mi alcance lo devoré las Navidades de ese año, enfebrecida, excitada, algunas películas las veía dos veces seguidas. Caía rendida de sueño con sus imágenes flotando por encima de mi cabeza como espectros. La fascinación rebasó cualquier límite que antes hubiera experimentado, hasta la embriaguez. Me levantaba por las mañanas buscando links que me condujeran a su obra, todo valía, incluso versiones dobladas en ruso simultaneo. “Esto es lo que yo quiero hacer”, pensaba. Nada ha sido más fascinante y subversivo que la vanguardia japonesa de los 70. Wakamatsu es de entre todos los japoneses, el director más sadiano junto a Imamura, el más cercano a Bataille, el que masacra con más talento el poder de la razón proponiendo un imaginario sexual enloquecedor y adictivo. No hay nada en sus películas que preserve el poder de la ley de la razón, ni siquiera de la ley. Wakamatsu eleva las cotas de la perversión erótica a supremacía estética, a un latido puramente cinematográfico, y en definitiva eminentemente artístico, una sexualidad sin más límites que los que pone la imaginación y que nos devuelve el derecho ilimitado al goce estético. Nos devuelve el derecho ilimitado, como diría Foucault, a gozar de la muerte, el sexo y la violencia a través del arte, en resumen, el derecho como espectador a disfrutar de lo inmoral. En Wakamatsu, la violencia estética alcanza cotas sublimes. Sade y Wakamatsu aparecen para recordarnos lo que es el arte, el alma despolitizada en una época en que todo está traspasado por un mensaje moral, ideológico, y por tanto empobrecedor.